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¿Contra qué..?

Por cuestión de principio, una acción o expresión que se opone a la cultura establecida implica desacuerdo, oposición, desobediencia o rebelión.

Cada uno de estos elementos, en tanto eslabones constitutivos de movimientos sociales de cambio, están incluidos, como corresponde, en los movimientos contraculturales. Mas si bien es cierto que en la raíz misma de toda oposición radica la necesidad de protestar en contra de una situación o tema particular cuando se padece opresión o marginalismo, la historia muestra que en lo referente a los movimientos contraculturales, ello está lejos de ocurrir por mera rebeldía. 

El más somero análisis de los distintos movimientos de este tipo surgidos a partir de la segunda mitad del siglo XX, revela que la conciencia de clase de los participantes suele ser de tal naturaleza, que la protesta misma es apreciada como el medio idóneo para favorecer el reconocimiento de las nuevas maneras que tienen de representarse a sí mismos ante el todo social. Resulta, así, que para las contraculturas, el medio efectivamente es el mensaje.

Hablando de medios, conviene apuntar que ya desde la invención de la imprenta, los puntos de vista de oposición solían expresarse por medio de acciones tan amplias, que los panfletos, volantes, posters, gacetas, periódicos o revistas independientes de los que se valían no podían más que bocetar.  

Por una parte, la efemeridad de los mismos, en tanto documentos, los convierte en “restos” de una expresión de mayor actividad, pero por otra, su valor como medios es ciertamente invaluable, tomando en cuenta que sirvieron con eficacia a todo tipo de propósitos inmediatos de corte iconoclasta, al facilitar la promoción de movimientos, la suma de apoyos o la mera inspiración en favor del cambio.

La historia muestra que los iconoclastas de todo tipo emergen precisamente cuando no hay una cultura apropiada ni lugar para ellos dentro de lo establecido, por lo que su actividad es de alto propósito transformista. Paradójicamente, la inacceptabilidad propia de cualquier expresión contracultural suele ser de vida corta, habida cuenta que no tardan mucho en ser abrazadas por los productores y consumidores que participan de la corriente cultural establecida. El iconoclastismo en las contraculturas, por tanto, suele ser más simbólico que activo.

 

El hecho es que, pese a que este tipo de movimientos se alzan para destruir y reemplazar obsoletismos arraigados en la cultura establecida, raramente implican destrucción real, con todo y que en su intento por especificar el espacio y el tiempo necesarios para conformar las nuevas formas de cultura y expresión que pretenden, los iconoclastas tomen prestadas consignas y gestos revolucionarios que indiscutiblemente forman parte del lenguaje de la guerra. A final de cuentas, su valor como recurso radica en el hecho de que ejemplifican la manera en la que la inercia de la imaginería tradicional es socialmente superada para abrirle paso a lo nuevo.

Asimismo, la desilusión resultante de los principales procesos políticos en las culturas, tanto como la frustración con la práctica del consumismo, representan factores que suelen derivar en el surgimiento de movimientos contraculturales. Es precisamente a partir de ellos que las sociedades abrazan decididamente la desobediencia civil y las acciones directas de rompimiento que propagan la revaloración de las libertades civiles o los derechos democráticos en los medios de difusión, amén de que lo hacen con intensidades tales que no sólo les permitan evitar arresto y reclusión, sino que terminen favoreciendo la promulgación de nuevas leyes.

En este contexto, las demostraciones son un recurso válido de la contracultura, al conjuntar las opiniones que protestan en contra de una situación determinada. Cierto es que en más de una ocasión han derivado en protestas violentas y hasta en revueltas, mas en general son una de las formas de acción directa más efectivas, por lo que suelen ser socorridas por los movimientos pacifistas.

Ejemplos históricos de contraculturas militantes en las sociedades del primer mundo que han recurrido a lo aquí expuesto, los tenemos en el movimiento de los hippies estadounidenses de los años 60; la actividad literaria de los poetas beat y de otros escritores de los años 50; la enseñanza escolarizada en casa --que evitaba a las escuelas públicas por representar facetas importantes de la cultura tradicionalista--; y hasta en los grupos militantes que se rebelan ante el control gubernamental, así sea a la manera racista del KKK.

Intelectuales que vivieron su juventud en los años 60, plantean que las tribus urbanas son la fuente principal que alimenta a los movimientos contraculturales, pues se caracterizan por mantener una estética canónica entre individuos de la misma tendencia, comúnmente acompañada por fuertes convicciones sociopolíticas y por creencias de carácter místico que suelen ir más allá de la filosofía e ideologías propias del movimiento. En tales circunstancias, no extraña que en lo musical florezcan de manera muy particular. 

Ejemplos de ello los tenemos en el Flower Power; el movimiento gótico; el grunge; la Generación X; el Heavy Metal; los rastafaries; los Mods; el Punk; el Rude Boy; los Skin Heads; las Kogals; las pandillas callejeras de todo tipo y en las diferentes contraculturas musicales que arraigaron en México, de las que damos cuenta en nuestra serie “La contracultura en México”, que a continuación te invitamos a escuchar.